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Fundación mítica de Buenos Aires, el inigualable genio de Jorge Luis Borges refiere al nacimiento de la ciudad a partir del desembarco de mil hombres en Palermo y termina su poema con la aseveración que, en realidad, Buenos Aires es desde siempre. La fantástica elaboración del gran escritor jamás pretendió, claro está, alterar la historia real.
Muy lejos y en otra orilla, Ángel Cappa dejó la dirección técnica de Huracán con la desmesurada pretensión de instalar al Globo del pasado torneo Clausura como una maravilla excepcional. “El tiki tiki fue lo mejor que le pasó al fútbol en los últimos 20 años”, arriesgó, en referencia al estilo del equipo que él formó y guió en el primer semestre del año y quedó en los umbrales del título.
Sin dudas que aquel Huracán era un conjunto admirable. Desarrolló un juego fluido con el que obtuvo muy buenos resultados para llegar a la última fecha con posibilidades concretas de ser campeón. Despertó elogios merecidamente. De ahí a creerse el mejor equipo de las últimas dos décadas hay varios abismos. Sólo por nombrar algunos, Cappa pretendió colocarse por sobre el Vélez de los 90´, el River tricampeón, el Boca ganador de todo en la última década, el San Lorenzo campeón récord con 47 puntos, el visto Independiente de Gallego y el
Estudiantes campeón de América.
Cappa es un intolerante en lo que al debate futbolístico refiere. Desprecia y desmerece todas las fórmulas, tácticas y estrategias de juego que no son las que él pregona. Desprestigia con tono insultante, incluso cuando un adversario lo supera con abrumadora claridad, como ocurrió con San Lorenzo tras el clásico que determinó su ida a sólo cuatro partidos del final del torneo, al sentenciar que el equipo de Diego Simeone "no podía hacer tres pases seguidos". Obviamente poco dijo de la pobrísima tarea de los suyos.
En su despedida, aseguró que “los argentinos pudieron ver que nuestra identidad no está muerta” y que “el fútbol que le gusta a la gente no murió”. Temerario, se erigió en el porta voz de una ilusionaria única manera de apreciar el fútbol y, a la vez, no le dio entidad a otras formas: el modo de jugar que prefiere es vida y los otros serían muerte y tendrían una identidad foránea; una especie de no-ser futbolístico. Aunque luego esbozó que valora todos los modos, su fundamentalismo lo hace caer en contradicciones insalvables, como aseverar que “nuestra identidad jamás murió, no la traicionamos”, cuando en aquella última fecha ante Vélez terminó jugando sin delanteros y haciendo tiempo en cada instancia posible durante todo le partido.
A su salida del club de Parque Patricios, Cappa miró la mitad que le convenía, sin hacer promedio. Se refirió al muy buen desempeño de su equipo el torneo pasado, pero nada dijo del presente certamen, en el cual, también por él dirigido, lo hizo muy mal.
El equipo que con buenos argumentos peleó el título hasta la última instancia quedará sin dudas en la rica historia de Huracán, porque será siempre recordado por el pueblo quemero. En cambio, la pretendida fantasía de Cappa de instalarlo en los anales del fútbol argentino no hace más que exponer su cegador fanatismo, reflejado en frases como “se revalorizó la identidad del fútbol argentino”, “Huracán jugó bien, defendiendo un estilo que es nuestro, de todos los argentinos” y “con Huracán revivió el gusto por este fútbol, resucitó la alegría de poder disfrutar en una cancha de un equipo que juega al toque”.
Ángel Cappa logró casi desde la nada armar un equipo que jugaba muy bien y peleó un título hasta los minutos finales del campeonato. Ni más ni menos que eso. Su exageración de querer colocarlo como un oasis en medio de una geografía desolada corre de plano incluso los legítimos méritos de aquel subcampeón.
(Foto: Espndeportes.espn.go.com)
Patricio Insua
patinsua@gmail.com