
La violencia en el futbol tiene bien marcada su escala de culpables, pero ya nadie parece quedar exento. A esta altura, no hay inocentes. Todos tienen su parte, dirigentes, Policía, barrabravas, hinchas, Justicia, jugadores y periodistas. Las excepciones remiten a individualidades.
La cara visible son los barras. Ejercen la violencia física en primera persona; cuando reposan, es producto de la extorsión satisfactoria. Actúan a sabiendas del cobijo que tienen en distintos ámbitos: político, dirigencial, policial y judicial. Además, han sido legitimados desde dos sectores. Por un lado, son el blanco de los festejos de los jugadores, es a ellos a quienes ofrendan los goles. Por otro, son vitoreados y festejados por la mayoría del resto de los concurrentes a los estadios, cuyas cartas de presentación suelen ser los insultos y escupitajos.
El principal enemigo de los concurrentes al fútbol, su blanco predilecto, es la Policía. El maltrato de uno y otro lado parece no tener retorno, pero la mayor culpa le caberá siempre a los uniformados, por ser profesionales de la tarea que deben realizar. El maltrato y el abuso del poder y la fuerza nunca encuentran justificativo.
Si la violencia en el fútbol no nace por generación espontánea, sino que es engendrada por una sociedad semejante, al menos parecería que condensa sus peores conductas. Ir a ver un partido debería ser un momento de divertimento, de ocio, de disfrute, donde la alegría de un triunfo o la desazón de una derrota no deberían vivirse con la desmesura que se aprecia.
La solución, seguramente, está en manos de las personas con cargos y potestad para tomar determinaciones. De todos modos, en la medida en que cada uno de los involucrados en el fútbol revise y corrija sus conductas se podrá comenzar, lentamente, a transitar un camino alejado de la muerte y la violencia y cercano al disfrute de un espectáculo deportivo.
(Foto: Telam.com.ar)
Patricio Insua
patinsua@gmail.com
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