
En el derby ante Real Madrid, el conjunto culé tuvo un desempeño perfecto y brindó una exhibición que será recordada por mucho tiempo. El choque se presentaba como un duelo de estilos, el que vendrían a encarnar Guardiola y José Mourinho. La pretensión de confrontar el talento contra el músculo. Era el partido ideal para los fundamentalistas. Fue un aleccionador 5-0 de los catalanes, con un fútbol integral para reducir a su rival -uno de los más grandes del mundo- a un mero partener de ocasión. Entonces, el merecido elogio al excelso juego blaugrana se trasladó luego, en muchos casos, a denostar al técnico merengue. Lo mismo, en sentido contrario, había ocurrido en el primer semestre del año cuando el Inter que conducía portugués eliminó al Barcelona en una de las semifinales de la Champions League. La irracionalidad de uno y otro lado.
Son los exégetas los que en su fanatismo desvirtúan las reales características de un equipo. Así, del Barcelona omitirán la presión, el verticalismo, la sólida estructura colectiva y su férrea defensa. Del otro lado, relegarán en el discurso el cuidado de la pelota, la libertad otorgada a los jugadores más hábiles y las concesiones en defensa.
Mourinho es uno de los mejores entrenadores del mundo pese al tremendo revés que le dio el Barcelona (nunca había perdido por más de tres goles de diferencia), así como los de la Ciudad Condal estaban ya instalados en la antología futbolística pese al modo en que lo eliminó el Inter.
Disfrutar del Barcelona no tiene porqué excluir el elogio a otras propuestas destacables. El fútbol es complejo, tiene muchas aristas. Un gusto determinado no debe ser inhibidor de otro. No se trata de enfrentar a Guardiola y Mourinho -o lo que representan, si se prefiere no ponerlo en nombres propios- sino de superponer, de resaltar lo mejor de cada estilo.
(Foto: News.cn)
Patricio Insua
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