jueves, 17 de mayo de 2007

Pedido de injusticia

La conducta se aprecia con claridad. Los jugadores y los entrenadores, al igual que los hinchas, no quieren que los arbitrajes sean justos, sino parciales pero en su beneficio. El último fin de semana, Daniel Passarella mostró todo su enojo porque el réferi del partido ante San Lorenzo, Saúl Laverni, en los primeros 8 minutos de juego le había expulsado a River un jugador y amonestado a otros dos. El ex seleccionador nacional expresó durante y después del partido su fastidio por esta determinación. Estaba seguro que lo habían perjudicado. Laverni había actuado injustamente, sí. Fue benevolente, porque si bien Galván estuvo correctamente expulsado y Nasutti bien amonestado, la amarilla para Ferrari debió ser roja, ya que metió un terrible planchazo de costado que no ocasionó una gravísima lesión gracias a la elasticidad de los huesos de Germán Voboril.

La protesta de la gente de River tiene lógica. La lógica de un sistema macabro, donde una de sus reglas implícitas es que haga lo que haga, a River (o a Boca) no se les puede mostrar tres tarjetas en los primeros minutos de un partido.

Así las cosas, nadie pide justicia. O lo que es peor, aparece una versión absolutamente distorsionada de lo que ésta implica. Entonces, para River y Boca, mal acostumbrados por un negocio que los requiere cada lunes en la tapa de los diarios, el concepto de justicia remite a ser beneficiado con cada pitazo de los árbitros y para los clubes de menor convocatoria se limita a ser perjudicados lo menos posible. Caso paradigmático es el de Arsenal, ya que con el club fundado por Julio Grondona la justicia sí respeta su esencia: no se lo beneficia, ni se lo perjudica. Pero que el trato con los de Sarandi sea justo implica, paradójicamente, una injusticia, a partir de no medir a todos con la misma vara. Claro que esto no implica que la injusticia debería englobar también a los de Sarandí, sino que, por el contrario, el trato que recibe de parte de los árbitros tendría que extenderse a todos los demás equipos.
(Foto: Fotobaires.com)

Patricio Insua
patinsua@gmail.com

viernes, 4 de mayo de 2007

Castigo y compresión

Gastón Sessa ocupa un lugar que no merece. Vélez es lo que es no sólo por sus logros deportivos, por sus vueltas olímpicas, sino también por una línea de conducta. Y si bien el arquero surgido en Estudiantes de La Plata es en lo técnico uno de los cuatro o cinco mejores del país, su proceder no se compadece con el del club. Vélez no merece un arquero como Sessa y menos que sea éste el capitán de su primer equipo. Alguien con esos tan repetidos malos comportamientos no puede llevar la cinta del equipo de un club que es modelo de buen proceder. No obstante, debería ayudárselo.

No se trata de hacer leña del árbol caído, de crucificarlo, de utilizarlo como analogía de todos los males de la sociedad argentina, como lo hizo buena parte de la prensa. Es cierto que es fácil señalarlo con dedo acusador, que es una actitud constante remarcar las bajezas ajenas sin mirar los malos procederes propios y que la sociedad busca sus chivos expiatorios. Está claro, también, que Sessa no es responsable de los males del fútbol argentino. Pero todas estas verdades no lo eximen de culpa. Si se lo circunscribirse al ámbito deportivo del fútbol, las actitudes del arquero se hacen indefendibles, más aún por no ser ya aisladas, sino recurrentes.

En el partido de ida por los octavos de final de la Copa Libertadores ante Boca, Sessa pegó una de las patadas más violentas y arteras de las que se recuerde. La víctima fue Rodrigo Palacio y el profundo tajo en la frente y el más pequeño debajo del ojo derecho fueron una precio de oferta por el grado de violencia con el que actuó el arquero del Fortín.

Ante Belgrano se había despachado con un trilogía de hechos condenables en un mismo partido: agredió físicamente (con un pelotazo) y verbalmente ("si te agarro te como crudo") a un alcanzapelotas, lo descalificó por su condición económica ("cuando tengas 5 palos verdes hablamos") y se retiró de la cancha con un reiterado gesto de grosería para que el fotógrafo que tenía delante no perdiera detalle. Tres días antes le había pegado un cachetazo a Maximiliano Pellegrino. En su cuenta están también el episodio con Pezzota, el incidente en el túnel de la cancha de Lanús para pelearse con Castroman y los constantes insultos y gestos con los rivales y las hinchas contrarias.

Hay que comprender a quienes actúan de un modo que no es correcto; definitivamente sí. Sería bueno que Vélez colaborase en conseguirle a Gastón Sessa la ayuda profesional que le permita cambiar su conducta. Pero, a su vez, esto no implica que deje de aplicarse el castigo correspondiente. Vélez, modelo de buen proceder, no se merece a Sessa, no merece que éste sea su capitán.
(Foto: Fotobaires.com)

Patricio Insua
patinsua@gmail.com

jueves, 3 de mayo de 2007

Sorpresa colorada

Es absolutamente justo destacar al San Lorenzo puntero de Ramón Díaz. Más por su pragmatismo y su mentalidad ganadora que por un juego vistoso, el conjunto del Bajo Flores lidera la tabla y se encamina como el más firme candidato al título. Pero bien cabe resaltar el torneo que está realizando Argentinos Juniors. Con un puñado de buenos jugadores, orden, una propuesta atractiva y un entrenador proveniente del ascenso en el que sólo confió Diego Maradona y los dirigentes que lo escucharon, el Bicho logró posicionarse arriba.

Argentinos está quinto, tiene junto con Estudiantes la vaya menos vencida (mantuvo su arco en cero seis partidos y en sus cinco victorias sólo recibió un gol) y le ganó a equipos como River, Vélez y el difícil Arsenal (también a Racing, camiseta pesada pero de frustrante actualidad), todos dirigidos por técnicos de jerarquía, lo mismo que Boca, próximo rival del Bicho.

Desde hace años atraviesa una realidad que no merece por su rica historia. Fueron varios los golpes que recibió una de las mejores canteras de futbolistas del país. Se los asestaron las propias malas administraciones y un perverso sistema ya estructural que pulverizó a los clubes (excepto River y Boca, los menos perdedores en el negocio del fútbol moderno) a partir del binomio llevado adelante por la sede de la calle Viamonte y el más poderoso conglomerado de medios y al cual los dirigentes de los clubes se entregaron casi placenteramente.

Lejos de la gloria de la década del `80, Argentinos se acomoda en el Clausura y sueña con volver a participar de certámenes internacionales. La buena campaña del conjunto ahora dirigido por Ricardo Caruso Lombardi le da a los de La Paternal el sustento para ilusionarse con una campaña que le haga olvidarse de los dos descensos de los últimos 10 años, de la pesadilla constante del promedio y así volver a codearse con los más grandes.
(Foto: Fotobaires.com)

Patricio Insua
patinsua@gmail.com

martes, 24 de abril de 2007

La suerte del Rojo

La fortuna está del lado de Independiente. Aunque no lo parezca, a juzgar por la posición que ocupa en al tabla de posiciones del presente torneo Clausura, no hay dudas que el conjunto de Avellaneda tiene la suerte de su lado. ¿Cómo es esto? Los técnicos que cosechan prestigio por sus buenos trabajos en otros equipos lo siguen eligiendo. Los más recientes fueron Julio César Falcioni y Jorge Luis Burruchaga. Pelusa llegó a la Doble Visera procedente de Banfield, equipo con el cual había llegado hasta los cuartos de final de la Copa Libertadores y simultáneamente al subcampeonato en el torneo local (en dos de los otros tres campeonatos en que dirigió al equipo del sur fue 3º y 4º). Pero decidió dejar ese lugar para ir a probar suerte en el Rojo. Sentenciado por los hinchas, lo sucedió Burru, figura del extraordinario equipo de Independiente que brilló en la década del `80 y quien como técnico había conformado un Estudiantes temible y avanzado también hasta los cuartos de final del certamen continental más importante; sumado esto a lo que ya había hecho en Arsenal de Sarandi.

Falcioni y Burruchaga, a la vista de los hechos, cometieron un error al dejar el lugar donde estaban, porque sus equipos peleaban cosas importantes, figuraban en los primeros planos y eran elogiados por sus buenos resultados y rendimientos. Nada de eso ocurrió en Independiente. Pese a la experiencia de estos dos muy buenos entrenadores, seguramente la historia se repetirá.

Hubo un excepción: la de Américo Gallego. El Tolo, gran entrenador, tuvo a su disposición muy buenos jugadores, que dieron un campeonato pero duraron un suspiro. El campeonato que precedió al de la vuelta olímpica Independiente fue último y en el posterior al del festejo fue decimoséptimo entre veinte equipos. No es tan difícil de imaginar que aquel equipo campeón se gestó a partir de maniobras impracticables en un fútbol de orden y reglas claras.

Con épicos triunfos se ganó su apodo de Rey de Copas, pero hace rato que no figura en los certámenes continentales. Arsenal, Gimnasia, Banfield, Lanús, Estudiantes y Central fueron algunos equipos que junto con Boca, River, San Lorenzo y Vélez, jugaron en los últimos años los certámenes organizados por la Confederación Sudamérica de Fútbol. La clasificación a estos campeonatos para los cinco o seis primeros equipos de la temporada jamás lo tuvo a Independiente en la discusión (quien más cerca estuvo fue Falcioni, cerca de llegar a la Sudamericana). Es decir, que Independiente perdió no ya terreno ante River y Boca, sino ante equipos de mucha menor valía en la historia del fútbol argentino.

Evidentemente el magnetismo de la grandeza histórica del Independiente y las promesas de jugosos contratos hacen que los técnicos hagan una apuesta imposible desde el banco de suplentes: devolverle al Rojo la gloria que supo tener e instalarlo en las primeras posiciones. Los hinchas, por su parte, deberán apuntar sus críticas a los dirigentes que manejaron el club durante los últimos 15 años, quienes entregaron a Independiente a sabiendas de un negocio que los excluía.
(Foto: Fotobaires.com)

Patricio Insua
patinsua@gmail.com

miércoles, 11 de abril de 2007

El peso de la estatua

Lo tuvieron, pero lo dejaron ir. Lo saben y eso hace imposible evitar los murmullos. No es difícil imaginar el sentimiento de los hinchas de Racing por haber dilapidado la oportunidad de tener a Diego Simeone como entrenador. Ven hoy en Estudiantes, muy probablemente el mejor equipo del fútbol argentino, la mano del Cholo como DT. Se trata de un conjunto con una mixtura casi perfecta entre la impronta de los jugadores y el orden táctico; un equipo que defiende con una concentración mayúscula y presiona como ninguno en la mitad de la cancha, una zona de rapidísima transición para poner la pelota en ataque, faceta del juego en la que tiene más diagonales que la propia ciudad de La Plata.

En lugar de quedarse con Simeone y lo que ya se vislumbraba sería como entrenador, con el valor agregado de una infancia académica, lo maltrataron anticipándole el retiro y usándolo como técnico descartable. Buscaron la jugada política más redituable al acudir a Carlos Reinaldo Merlo, alguien que a lo largo de toda su carrera como entrenador no se destacó ni por el juego de sus equipos ni por los resultados obtenidos. Fue campeón con Racing, es cierto, pero en un campeonato que la Academia tenía que ganar, por lo que también lo podría haber conseguido otro entrenador.

La versión de Merlo como gran DT existe sólo en el imaginario de los hinchas de Racing (ya se está borrando con estos resultados) y en la estatua. El haber sido el técnico del equipo que cortó con 36 años de sequía de títulos le da inmunidad, aunque la actualidad del equipo hace que comiencen a escuchen voces en contra del hombre con status de prócer en el Cilindro de Avellaneda. Es cierto que no puede hacer demasiado con un plantel que tiene solamente una figura de primera categoría en Maximiliano Moralez, un puñado de buenos jugadores y el resto de una medianía intrascendente. Pero no menos cierto es que el equipo es timorato, tácticamente descompensado (junto con Colón es el otro equipo que recibió goles en cada uno de los partidos que disputó), que ha perdido la confianza y en el cual los errores de Mostaza en el aprovechamiento del material del que dispone se hacen evidentes; prueba de esto es el caso de Cristian Pellerano, que llegó a Racing como uno de los mejores volantes centrales de Primera División y Merlo lo transformó en un insípido mediocampista por los laterales.

Del otro lado, la versión de Simeone como gran estratega y firme conductor se comprueba en la cancha, al ver jugar cada fin de semana al mejor equipo del fútbol argentino. Es el Cholo un entrenador de brillante presente y mayor futuro, que evidentemente supo asimilar la experiencia de los muchos muy buenos técnicos que lo dirigieron. La inteligencia que tuvo en su impresionante carrera como futbolista la expresa ahora desde los conceptos impartidos a sus dirigidos. Racing lo pudo tener, pero lo dejo ir. Peor aún, lo invitó a retirarse y acudió al peso de la estatua, peso que hoy lo está aplastando.
(Foto: Fotobaires.com)

Patricio Insua
patinsua@gmail.com

miércoles, 28 de marzo de 2007

Ramón versión 2.007

Desde que el hombre fue confirmado como nuevo entrenador de San Lorenzo su nombre, en la prensa, superó al de la propia institución. Ramón Ángel Díaz reapareció en el fútbol argentino y su figura eclipsó incluso a la del Ciclón, peso pesado de la historia del fútbol argentino. Absorbió la presión y la transformó en tranquilidad para su plantel. Pero por estar alejado de la palestra por buen tiempo, su vuelta a la actividad generó interrogantes en el mundillo futbolero, hasta en los propios simpatizantes cuervos. Muchos lo miraban de costado. Pero el hombre en cuestión se encargó de disipar las dudas en menos de dos meses.

Esta versión 2.007 del Ramón DT aparece ampliada, mejora y corregida en relación a la que con muchísimo éxito se vio en River. Porque el riojano revalidó las credenciales que lo consagraron en Núñez y superó errores del pasado. Ratificó que es un excelente lector de partidos en dos sentidos, tanto en lo que refiere a la elección de los futbolistas adecuados, como a la actitud que debe tomar el equipo en cada circunstancia. El Pelado tiene un agudo olfato para formar su equipo con los once futbolistas más adecuados para circunstancias y rivales determinados sin resentir la estructura. Cultor de evitar cambios ociosos, sus reemplazos buscan siempre quebrar el orden imperante, ya sea para ir a buscar o para evitar que se le acercan a su arco. Esto se asocia con su buena lectura de los momentos de un encuentro, con saber en qué momento apostar fuerte al ataque y cuándo arremangarse para no hacerse vulnerable. Esta visión táctica con dosis de pragmatismo de Díaz se aprecia más claramente en este San Lorenzo que en aquel River por la sencilla razón de tener menos ahora que antes.

Y todo esto con prácticamente el mismo material del que dispuso su antecesor, Oscar Ruggeri. Aureliano Torres, Gastón Fernández y Cristian Ledesma fueron quienes llegaron con Ramón. Por los dos últimos el riojano le pidió a la Comisión Directiva que no escatimara esfuerzos. Su respuesta fue hacer armas fundamentales de su equipo a un jugador que no era tenido en cuenta en River y otro que estaba en Argentinos Juniors. Además, echó mano de lo que tenía dentro. Así, optó por Agustín Orión (tal vez técnicamente menos que Saja pero emocionalmente más aplomado) como arquero, colocó a Jonathan Botinelli ya no en el lateral izquierdo sino como segundo marcador central y optó por Santiago Hirsig de mediocampista y no de enlace.

Más reflexivo y menos irónico, no perdió sin embargo su esencia (por ejemplo a la hora de hacer sus apuestas públicas con Mauricio Macri). En determinadas circunstancias Ramón Díaz portó una etiqueta que lo hacía poder ser visto sólo como técnico de River, entendiéndose esto más como una limitación que como un elogio. Lo hecho hasta el momento en San Lorenzo no lo convierte en el mejor técnico argentino, pero sí pone en evidencia la capacidad como conductor y estratega del otrora electrizante goleador.
(Foto: Fotobaires.com)

Patricio Insua
patinsua@gmail.com