Su permanente aparición en las tapas de todos los periódicos deportivos del planeta, los elogios que agotan sinónimos y las comparaciones con los máximos astros de la historia del fútbol mundial no lo cohíben. Lionel Messi se supera continuamente. Cuando ejecuta una actuación que se cree es lo máximo que puede exhibir, poco tarda en realizar otra faena que hace olvidar a la anterior. Abriga ese anhelo de superación constante que, contra lo que puede pensarse, no es patrimonio de todos los deportistas de elite. Estar en la cima no lo marea en absoluto. Adversario, escenario y circunstancia parecen ser siempre los mismos; juega como si estuviese en el patio de sus casa.En esta temporada, en Barcelona, demostró su capacidad para desempeñarse en distintas posiciones de ataque. Fue extremo derecho, flotó detrás de los delanteros y, el último fin de semana, apareció como el hombre más adelantando del conjunto de Josep Guardiola en el derby ante Real Madrid. En todas rindió con aportes decisivos y lleva anotados 40 goles en la temporada. Voraz, ahora irá por el récord que estableció Ronaldo en el club de la Ciudad Condal: en la temporada 1996/1997, R9 hizo 47 goles en 49 partidos y se convirtió en el máximo anotador culé en una Liga con 34 conquistas en 37 encuentros disputados.
Casi todos sus tantos son golazos. Están -y son mayoría- los que a todas luces tienen el sello característico de su genialidad y también los que lo llevan oculto, como el que abrió el camino a la victoria ante el Madrid, en el Bernabeu. Bajó la pelota más con la cara que con el pecho y definió mordido con la derecha, pero en cada uno de los movimientos hizo lo que deseaba; primero logró desarticular la marca de Raúl Albiol haciéndolo pasar de largo y cuando Iker Casillas se desesperaba por taparle todos los ángulos aguardó ese instante eterno hasta que el arquero merengue sí cedió y optó por hamacarse hacia su izquierda para de derecha vulnerarlo a contrapié.
¿Podría hacer lo que hace en otro club que no sea este impresionante Barcelona? Probablemente no. ¿El conjunto blaugrana tendría el mismo brillo sin su N° 10? Seguramente tampoco. Messi descolla en un gran conjunto, como lo hicieron todos los grandes jugadores de la historia, porque, verdad de Perogrullo, los mejores futbolistas juegan en los mejores equipos.
Sea cual fuere su actuación y la de la selección argentina en el Mundial, Leo ha logrado, por lo pronto, un reconocimiento solamente alcanzado por otros dos futbolistas argentinos: ser considerado el mejor jugador del mundo. Amplía así el binomio que conformaban Alfredo Di Stéfano y Diego Maradona para convertirlo en una terna. Pelusa y la Saeta Rubia incluso están en el podio de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Los 22 años de la Pulga lo proyectan a ubicarse en ese olimpo.
Messi nunca será Maradona. Tal vez hasta llegue a superarlo futbolísticamente, pero nunca será la bandera que es Diego. Es cuestión, entre otras cosas, de personalidades, de tiempos distintos, de vínculos de identificación diversos. Entonces la comparación, aunque muchas veces inevitable, es poco o nada lo que aporta; menos aún cuando lo que oculta es una falsa antinomia. El deleite por la magia del hoy entrenador de la selección argentina y por la habilidad, desequilibrio y definición a máxima velocidad del rosarino no son excluyentes.
Los ojos del planeta deportivo están posados con tremenda expectativa sobre este duende que ejerce su arte en una cancha de fútbol. Él sube la apuesta y entonces cuanto se piensa que lo suyo no puede ser mejor vuelve a sorprender, una y otra vez.
(Foto: Lanueva.com)
Patricio Insua
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